- Entre enero y junio 269.486 personas salieron de España, 40.625 de ellas, españolas; esto supone un 44,2% más que en el mismo periodo de 2011.
- Los que más emigraron: los españoles entre 31 y 40 años.
- Por primera vez en una década hubo más emigración que inmigración, con una diferencia de 57.182 personas.
- La crisis, vista con los ojos de emigrantes españoles.
- La emigración de españoles que comenzó a acentuarse con el inicio de la crisis económica ha alcanzado un nuevo máximo durante el primer semestre de este año, cuando se han marchado del país 40.625 ciudadanos, un 44,2% más que en el mismo periodo de 2011.Según las estimaciones de población actual difundidas este martes por el Instituto Nacional de Estadística (INE), 269.486 personas han salido de España entre enero y junio de este año, frente a las 254.352 que lo hicieron un año antes. En 2012, 40.625 de estos emigrantes eran de nacionalidad española mientras que a 1 de julio de 2011 sumaban 28.168.Junio fue el mes en el que se produjeron más salidasEl mayor número de salidas de españoles, ya sean nacidos en el país o extranjeros nacionalizados, se produjo en el mes de junio, cuando se registraron 7.444 salidas. Le siguieron marzo, con 7.362 españoles camino del extranjero y mayo, cuando fueron 6.999 los que se marcharon. La cifra más baja del semestre fue la del mes de enero, con 5.952 casos, según los datos del INE.Por perfiles, la estimación de población deja ver que hasta el 1 de julio salieron del país 21.089 españoles y 19.534 españolas, pero no desglosa por edades. Sí lo hace la estadística consolidada de 2011, de la que se desprende que a lo largo del año pasado emigraron 10.931 españoles de entre 18 y 30 años y un total de15.582 de edad comprendida entre 31 y 40.
Menos inmigrantes
En cuanto a la inmigración, también se ha ralentizado con la crisis económica. En lo que va de año figuran 163.488 llegadas a España, 17.517 de las cuales fueron de españoles. Sin embargo, en el primer semestre de 2011 entraron 221.896 personas y de ellas, 18.264 de nacionalidad española.Una vez más, los datos arrojan un saldo migratorio negativo, (23.107 españoles menos) tendencia que se ha ido apuntando a medida que avanzaba la crisis económica y que se consolidó en 2011, el primer año en una década que registró más movimiento de emigración que de inmigración en España, con una diferencia de 57.182 personas.En total, el año pasado salieron de España 507.740 ciudadanos, frente a las 403.013 emigraciones registradas en 2010, y las 433.612 de un año antes. En estos tres mismos años entraron en el país 457.650, 465.169 y 480.974 personas, respectivamente.fuentes http://www.20minutos.es/
sábado, 9 de febrero de 2013
La recesión empuja a los españoles a buscar trabajo fuera: la emigración crece un 44,2%
La emigración española creció un 21% en 2012
- Desde enero de 2011, han emigrado de España un total de 927.890 personas, de las cuales 117.523 eran españolas y 810.367 eran extranjeras.
- La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, anunció la puesta en marcha de un "certificado" para emigrantes españoles que retornen.
- Emigrantes españoles se sienten "castigados" tras retirarse a las asociaciones la subvención de la que disfrutaban. "No salimos de aventuras, sino para trabajar".
- Sanitarios, ingenieros y arquitectos, los españoles más demandados.
- La crisis, vista con los ojos de emigrantes españoles.
Un total de 54.912 españoles emigraron al extranjero durante los primeros nueve meses de 2012, un 21,6 por ciento más que en el mismo periodo del año anterior, según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Esta cifra se extrae del total de 420.150 residentes en España que optaron por emigrar.
En lo que va de 2012, España ha perdido 137.628 personas
El mayor número de salidas, ya sean de españoles o extranjeros, se produjo en el mes de septiembre, cuando se registraron 6.924 salidas, seguido de febrero con 6.428 personas que tomaron la decisión de ir al extranjero y marzo, con 6.389 salidas. La cifra más baja en lo que va de año se registró en el mes de abril, con 5.531 casos.
Además, desde enero de 2011, han emigrado de España un total de 927.890 personas, de las cuales 117.523 eran españolas y 810.367 eran extranjeras. Por género, la mayoría de emigrantes han sido hombres, con 542.724 casos, frente a las 385.166 mujeres que han dejado el país desde enero de 2011.
Teniendo en cuenta la diferencia entre los que entraron en el país y los que salieron, en lo que va de 2012, España ha perdido 137.628 personas. Así, la diferencia entre los españoles que regresaron al país y los que se fueron fue en los nueve primeros meses del año negativa, de 25.539 personas, y la diferencia entre extranjeros que entraron y abandonaron el país fue también negativa, de 112.089 personas.
Emigrantes españoles
A finales de noviembre de 2012, los emigrantes españoles saltaron a la esfera pública después de las declaraciones de la secretaria de Inmigración y Emigración, Marina del Corral, que afirmó durante la presentación del informe de la de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), que la emigración de jóvenes españoles al extranjero no se debe solo a la crisis económica, sino a la globalización y "al impulso aventurero de la juventud".
Emigrantes españoles respondieron a estas palabras a través de la web 'Españoles en el extranjero con Dignidad', asegurando que los españoles no salen del país por ser "aventureros" si no "a trabajar". "No salimos de aventuras, somos españoles honrados y tenemos dignidad", señalaban.
Por su parte, la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, pidió la semana pasada "sensatez y menos chistes baratos" al PSOE en el Congreso en respuesta a la diputada socialista Patricia Hernández, sobre si considera el Gobierno que la principal motivación de los jóvenes españoles que buscan trabajo fuera de España es el impulso aventurero.
Según defendió Báñez, "no existe la varita mágica" contra el desempleo juvenil, al que se han visto "condenados" cerca del 50 por ciento de los jóvenes españoles, a su juicio, por las anteriores políticas socialistas.
Precisamente, a principios de año, durante la toma de posesión de altos cargos de su ministerio y ante Marina Del Corral, la ministra afirmó que su departamento pondría "todos los recursos a su disposición para apoyar a todos los españoles que hoy son emigrantes en todo el mundo".
Además, en febrero, en su primera comparecencia como ministra en el Congreso, Báñez anunció la puesta en marcha de un "certificado" para emigrantes españoles que retornen definitivamente al país a fin de "garantizar su seguridad jurídica" y promover su reintegración en la sociedad, sanitaria y laboral.
"Castigados" por el Gobierno
Por su parte, la presidenta en funciones de la Federación Española de Emigrantes Retornados, Eva María Foncubierta, ha señalado que el 2012 ha sido un año marcado por el "poco apoyo" del Gobierno al colectivo de emigrantes que, a su juicio, han sido "castigados" al retirarse a las asociaciones de emigrantes de España la subvención de la que antes disfrutaban. No obstante, ha admitido que han observado "buena voluntad" por parte de la Dirección General.
Nos estamos desprendiendo de talentos y a la larga va a repercutir en el país
Foncubierta ha defendido que los jóvenes que están ahora emigrando "no se van, como dijo Del Corral, por ganas de conocer mundo" sino "por los recortes en las becas de investigación" y "el alto nivel de desempleo". Por ello, desde la Federación les ofrecen cursos para adquirir la base idiomática que requieren y les ayudan a buscar empleo en el exterior.
"Nos estamos desprendiendo de tantos talentos, porque no es como en los años 60 que pedían mano de obra sino que ahora piden personal cualificadoy a la larga va a repercutir en el país", ha subrayado.
En cuanto al perfil de los emigrantes que han pasado por la Federación a lo largo de 2012, ha indicado que no hay uno concreto pues han acudido desde personas licenciadas, diplomadas, con carreras universitarias, sobre todo, ingenieros industriales y profesionales del sector sanitario, hasta españoles del sector servicios o que quieren buscar trabajo fuera como mano de obra.
fuenteshttp://www.20minutos.es
La desmemoria
Hace unos cuantos años, muy pocos, el principal miedo de los españoles, dentro de una lista de opciones atroces que incluía, por ejemplo, el terrorismo y el paro, era el miedo al inmigrante.
Era el miedo sintomático de un país rico que veía a los inmigrantes como una amenaza, como una turba de gente necesitada que quería aprovecharse de su riqueza, de sus plazas de trabajo y de sus servicios sociales.
Pero ese miedo al inmigrante, a la gente que tiene que salir de su país para instalarse en otro que le ofrezca mejores oportunidades, era también el miedo de un país desmemoriado, cuya bonanza económica lo había hecho perder de vista uno de sus fundamentos, que es precisamente esa multitud de españoles que, a lo largo de los siglos, exactamente igual que los inmigrantes que vienen aquí, han ido emigrando de este país para instalarse en otro que les ofrezca una vida mejor.
Los emigrantes españoles, desde el primer conquistador hasta el último gachupín, primero a la fuerza y luego en sociedad con los habitantes de aquellas tierras, fueron conformando ese territorio enorme, rico y fecundo que es Latinoamérica. España puso ahí su lengua, su religión y una forma particular, y única, de encarar la vida que se sigue conservando hasta hoy.
Gracias a sus emigrantes, España creció y se multiplicó en aquel continente, y hoy su lengua, el español, tiene una importancia capital en el mundo y una capacidad de expansión, y una influencia, que la hacen cada día más importante. Si no fuera por los países latinoamericanos, España, y el español, tendrían hoy la relevancia mundial que tienen Polonia, y el polaco.
El ensayista mexicano Alfonso Reyes, que fue, entre otros destinos diplomáticos, embajador de México en España, decía, refiriéndose a la evidente e insoslayable relación que hay entre los dos países, que quien no conoce México no conoce bien España, y viceversa.
Se refería a la forma en que España, durante quinientos años ha ido diseminándose y creciendo del otro lado del mar, sin dejar de ser ella misma, pero, simultáneamente, reconvertida en otros países.
Escribo esto pensando en la nueva oleada de emigrantes españoles que, huyendo de la interminable crisis económica europea, se están yendo a México a buscarse la vida, y que son un eco de aquella oleada anterior de republicanos españoles que llegaron a aquel país, alrededor de 1939, buscando un empleo, una casa y un futuro, lo mismo que buscan los jóvenes emigrantes de hoy, aunque el origen de una y otra migración sea completamente distinto.
Como la única forma de combatir la desmemoria es haciendo memoria, voy a contar aquí las circunstancias en las que llegaron a México los españoles de la oleada anterior, una historia que conozco perfectamente porque en aquella oleada iban mi madre y mis abuelos. Hablo de oleadas porque estas migraciones tienen un carácter cíclico, como las olas del mar.
En 1939, al terminar la Guerra Civil, más de medio millón de republicanos tuvo que huir a Francia para ponerse a salvo de la represión del general Franco, que no contento con su triunfo también quería hacer desaparecer a los sobrevivientes del bando contrario de la faz de la Tierra. Aquellos españoles, que llegaban a Francia como refugiados políticos, fueron tratados como prisioneros y encerrados en varios campos de concentración que se habían dispuesto cerca de la frontera, y que hoy constituyen una de las páginas más negras, y también más ignoradas, de la historia de Francia.
Aquellos cientos de miles de españoles se encontraron, de pronto, prisioneros en un país que no los quería, ni sabía qué hacer con ellos y, sobre todo, sin país al cual regresar.
Las democracias del mundo hicieron la vista gorda ante el triunfal golpe de Estado de Franco, decidieron no intervenir, no meterse en ese asunto que consideraban estrictamente doméstico. Todos los países le dieron la espalda al Gobierno legítimo de España, excepto México, que, en uno de los episodios más conmovedores que recuerda la diplomacia, defendió a la República y al Gobierno de Azaña, una y otra vez, con el único apoyo de la URSS, en Ginebra, ante la Sociedad de Naciones, que era entonces el germen de la ONU.
Unos años antes, en diciembre de 1936, el presidente de México, Lázaro Cárdenas, había otorgado asilo político a León Trotski que, como estaba a punto de pasar a los republicanos españoles, se había quedado sin país al cual regresar.
“No podemos aceptar que haya un hombre en el mundo que carezca de un lugar donde vivir”, dijo Cárdenas entonces, y a partir de esta idea comenzó a movilizarse la diplomacia mexicana en Francia, en perfecta coherencia con la defensa de la República que hacía en la Sociedad de Naciones, para ayudar y ofrecer refugio a cualquier español que quisiera irse a vivir a México.
El 11 de septiembre de 1940, ya en plena ocupación alemana, el embajador mexicano en Francia, en un esfuerzo que no daba tregua a los pocos funcionarios con que contaba su oficina, había logrado documentar a 100.000 españoles que querían irse a México, y que esperaban subirse a alguno de los barcos que con ese objetivo fletaba el Gobierno de Lázaro Cárdenas y que Luis I.Rodríguez, el embajador, tenía que salir a buscar por todos los puertos de Europa. No todos los que se acogieron al ofrecimiento de Cárdenas llegaron a subirse al barco, pero sí varios miles que poco a poco se fueron integrando a la sociedad mexicana y con los años fueron dejando un legado cultural que hasta hoy enriquece a aquel país. En 1939 se fue a México, y a otros países latinoamericanos, lo mejor de España; profesores, médicos, políticos, artistas, poetas y filósofos llegaron a trabajar y a enseñar lo que sabían.
Y es probable que hoy esté pasando lo mismo, que los jóvenes mejor preparados se estén yendo de aquí, a buscar oportunidades y, eventualmente, a enriquecer los países a los que lleguen.
Dentro de unos años, cuando en España mejoren las cosas, algunos regresarán, pero otros no, como demuestra la historia de los miles de emigrantes que se han ido y que, años después, se descubren con hijos y nietos en ese país donde pensaban permanecer solo un tiempo, en lo que mejoraban las cosas en el suyo.
Esperemos que entonces no vuelva a caer sobre nosotros la desmemoria, que cuando este sea otra vez un país rico no se olvide de sus emigrantes, de esa España que lleva quinientos años floreciendo en América Latina; que la memoria alcance para tratar con más delicadeza a los inmigrantes que vendrán aquí a buscar una oportunidad, y que sea suficiente para no volver a percibirlos con miedo.
De aquella historia de alta diplomacia que protagonizó México en la Sociedad de Naciones, en Ginebra, no se acuerda nadie, y se recuerda bastante poco la solidaridad que tuvo Lázaro Cárdenas con los exiliados españoles. Se recuerda tan poco, y tan mal, que hoy tenemos aquí situaciones como esta: si un mexicano quiere viajar a España, ya no digamos a instalarse sino como turista, tiene que cumplir con una lista desproporcionada de requisitos que incluye, por ejemplo, que el amigo o pariente que va a hospedarlo tenga que ir a la comisaría de su barrio a presentar los planos de su casa para que un policía vea si tiene espacio suficiente y dé su visto bueno. Y además se expone, como sucede con frecuencia, a que el oficial de turno no lo deje pasar y lo devuelva a México en el siguiente vuelo.
Quizá sería momento de revisar esa dura reglamentación, propia de países ricos que no quieren inmigrantes, porque las cosas han cambiado rápida y radicalmente, ahora la gente, más que venir, está mirando cómo se puede ir de aquí.
De toda esta gente que ya se ha ido, y que empieza a construirse una vida en esa nueva oleada de españoles que va llegando a México, habrá muchos que son hijos de esas personas que hace unos años, muy pocos, ni siquiera diez, identificaban al inmigrante como el peor problema de España y que hoy, con mucho asombro, y supongo que algo de vergüenza, se encuentran con que son padres de un inmigrante, que trata de ganarse la vida en otro país. Este es, precisamente, el precio de la desmemoria.
Jordi Soler es escritor.
fuentes http://elpais.com
Los que se van
Arrecia la crisis y los medios de media Europa cuentan cada vez más historias sobre los que se marchan, decenas de miles de europeos emigrando desde el este y sur de la Unión Europea. La emigración, que nunca remitió totalmente, se acelera en los bálticos, los mediterráneos, Centroeuropa e Irlanda, y sigue elevada en Rumania y Bulgaria. Con los emigrantes se va buena parte del talento profesional que necesitarán todos estos países para reencontrar la senda del crecimiento, pero también se da salida al paro, los jóvenes adquieren valiosa experiencia y llegan remesas que contribuyen a la economía local; no faltan análisis económicos a favor y en contra. Pero no hay que olvidar el factor político: la creciente movilidad, en particular de los sectores más jóvenes e inquietos, desactiva a muchos que podrían transformar sus sociedades de origen, mermando las posibilidades de juntar la masa crítica imprescindible para impulsar el cambio y la regeneración política que nuestros países necesitan mucho más que las remesas o el alivio a las estadísticas de desempleo.
En algunos países, estas partidas traen memorias de tiempos peores: en 2012, por ejemplo, hubo más portugueses instalados en Angola que durante la colonización; los aproximadamente 3.000 irlandeses que salieron cada mes de su país supusieron el mayor ritmo de emigración desde la gran hambruna de 1845-1852; y Hungría vio partir a sus ciudadanos en cantidades inauditas desde los meses posteriores a la intervención soviética de 1956. La emigración alcanza a amplios segmentos de la población, en particular de los jóvenes entre 20 y 35 años, que son entre el 50% y el 60% de los que se van. Aproximadamente el 10% de la población ha dejado su Letonia natal en los últimos años y, sólo en 2010, uno de cada cien eslovacos se instaló en el Reino Unido. En todos estos países, la emigración contribuye al desaliento general y ahonda la sensación de crisis en poblaciones cada vez más envejecidas.
El sur y el este de Europa se habían acostumbrado a ver partir a sus científicos y a sus mejores gestores hacia otras latitudes, pero la actual sangría alcanza nuevas cotas, en particular con profesionales cualificados como los médicos griegos, los ingenieros portugueses o los arquitectos españoles. Desde Riga y Bucarest hasta Cork y Oporto, jóvenes y no tan jóvenes se van en busca de mejores sueldos, de una carrera profesional más prometedora o, simplemente, de un empleo que en sus lugares de origen no consiguen. Se marchan también, no hay que olvidarlo, hartos de enchufismos y mercados laborales cerrados, de discriminación por razón de género, de tener que disimular o pedir perdón por su modelo familiar, su vida sexual, su modo de vestir o sus opiniones. Con ello, sus ciudades de origen se hacen más homogéneas, menos tolerantes y, a menudo, todavía más opresivas para los que no pueden o no quieren marcharse.
El auge del nacional-populismo conservador y esencialista que recorre Europa Central y Oriental será difícil de frenar si los que detentan valores progresistas y abogan por sociedades más abiertas optan por instalarse en Londres, Berlín o Estocolmo en vez de luchar por la sociedad a la que aspiran en su ciudad de origen. Europa del sur corre el riesgo de seguir un camino comparable, parecido al que ya recorrió Irlanda, dónde la sangría emigratoria contribuyó durante décadas a hacer de esta nación celta uno de los rincones más conservadores de Europa. Y países como Rumania o Bulgaria, dónde partes importantes de la población desespera de poder cambiar la situación en su país y sueña poner tierra de por medio, cada vez lo tienen más difícil para generar desde la sociedad la imprescindible regeneración política.
La libre circulación de personas es, sin lugar a dudas, uno de los grandes logros de la Europa unida. En un contexto de crisis y de desequilibrios, la movilidad, en particular la de los más jóvenes, es casi inevitable, tiene algunos efectos económicos positivos y abre posibilidades personales y laborales que generaciones anteriores no hubiesen podido soñar. Pero la facilidad por abandonar el lugar de origen puede resultar letal si los que se van se llevan con ellos la voluntad de transformar, de reformar la sociedad y el país que les están fallando. España en el pasado o Polonia en la actualidad demuestran que el retorno es posible, que hay viaje de vuelta. Pero mientras no llega ese momento, hay que aprovechar la facilidad de las comunicaciones actuales para mantener activos y presentes en lo político y lo social a los que se emigran, para que su viaje no sea una renuncia sino el principio del cambio de esta sociedad que les negó la posibilidad de progresar.
fuentes http://internacional.elpais.com
Palomas y termitas
En los años treinta, Groucho Marx contaba en Broadway un chiste sobre la Gran Depresión. “No entiendo nada de economía”, decía, “pero sé que cuando los neoyorquinos alimentan a las palomas de Central Park, las cosas van bien; pero cuando las palomas de Central Park alimentan a los neoyorquinos, las cosas van mal”.
Tal como pinta aquí el asunto de las palomas, hay muchos que ya han pensado en ahuecar el ala y levantar el vuelo hacia otros horizontes lejanos. No se lo reprocho. Yo misma he estado tentada a hacerlo. El problema es dónde encontrar un lugar en el mundo. Asia y África a primera vista no parecen el territorio más idóneo para labrarse un porvenir; de los países árabes, ni hablar, a cierta edad una le va cogiendo apego a algunas libertades individuales de poca monta como conducir, llevar pantalones o escribir en los periódicos; China, descartado, el nivel de contaminación es altísimo, allí los peces salen fumando del río; los Balcanes y los países del Este, casi mejor no pensarlo teniendo en cuenta cómo se las gastan las mafias; el Próximo Oriente ni harta de copas, vivir allí es la muerte. ¿América? Bueno, siempre ha sido la tierra prometida, pero la cosa se puede torcer en cualquier momento. Alemania es un país seguro, pero tiene demasiados muertos en el armario. Rusia ni les cuento, allá Gerard Depardieu con sus cuentas fiscales, pero encontrarse a Putin en un restaurante puede atragantarle el caviar de beluga a cualquiera. Existen ciudades hermosas desde luego, como Lisboa, pero allí están bastante peor que nosotros. Londres tampoco está mal y los conductores de autobús tienen un extraordinario sentido del humor pero no acabo de acostumbrarme a conducir por el lado contrario. Italia es mi país favorito, aunque la programación televisiva no hay quien la trague. Visto con perspectiva podría decirse que el Paraíso solo existe en los sueños y que en todas partes cuecen habas.
Aquí tenemos la peor plaga de termitas en las instituciones de toda Europa, un nivel de corrupción más alto que en las islas Barbados y en Botswana, que se dice pronto, una clase política que ha convertido el país en el departamento de cuentas de una funeraria y una izquierda que sigue en el siglo pasado, atrincherada en las listas cerradas porque no pisa la calle.
Pero, miren, tenemos algo bueno. Tenemos médicos que se saltan a la torera la ley para mantener la asistencia sanitaria que este Gobierno nos está arrebatando a todos; tenemos abuelas que hacen ecuaciones binarias para cubrir con su raquítica pensión el desayuno, la comida y la cena de dos generaciones completas; tenemos jóvenes corsarios que están consiguiendo parar los desahucios con la razón en la mano y el corazón en su sitio; tenemos también quiosqueros que aguantan la mala racha sin torcer el gesto ni dejar de dar los buenos días, y maestros de escuela que le pagan el bocadillo del recreo a los niños de su bolsillo, tenemos pescaderas del mercado de Ruzafa que cada día guardan una ración de salmonetes para el primero que la necesite. Son los héroes de la vida cotidiana. Los que aguantan a palo seco la cuesta de enero con los ideales justos para ir tirando.
Ya sabemos todos que la Arcadia feliz no existe. Pero no se me derrumben. La vida es un vino de trago largo y si alguna vez consiguiéramos librarnos de las termitas, este no sería un mal lugar para criar a los niños y dejar en paz a las palomas.
fuentes http://ccaa.elpais.com
Me voy al pueblo
"Estábamos hartos de Madrid. En la gran ciudad, aunque muchas veces no te des cuenta, tu calidad de vida se va desgastando. Estuvimos a punto de comprarnos un piso. Pero en el último momento echamos el freno y pensamos que por menos dinero podríamos abandonar la ciudad e irnos al campo. Al principio miramos en la costa cantábrica, pero los precios eran prohibitivos. Así que giramos la vista hacia Castilla y León, aunque a mi mujer, que es finlandesa, aquello le parecía un desierto. Me hice con un plano en el que aparecía cada charco de la comunidad autónoma. Como viajo mucho por trabajo, cada vez que lo hacía me desviaba un poco para conocer nuevos lugares. Un día descubrí Maderuelo (Segovia). Vi que había un pantano y un parque natural preciosos. A los pocos días llevé a mi mujer. Observamos una parcela que estaba enfrente de la zona protegida del parque, donde jamás podrían construirnos nada delante, vimos que el paisaje era estupendo, que tenía orientación sur… Nos dijimos: ‘Este es el lugar’. Compramos el terreno y nos construimos una casa. Más barato que el piso en la ciudad”.
Manuel García, arquitecto, nacido hace 40 años en Múnich (Alemania) de padres españoles emigrantes, y que vivió en la ciudad bávara hasta los seis, dio un paso más en una vida que parece la de una eterna mudanza, aunque esta vez quizá para asentarse. De Múnich a Almería, Aquisgrán, Berlín, Viena, Gratz, Barcelona, Madrid… y Maderuelo, un pueblecito medieval que tiene, según el último censo, 159 habitantes. A su mujer, Julia Ahvenainen, la conoció en Aquisgrán cuando ambos eran estudiantes Erasmus, “el mejor invento que ha creado Europa y que ahora los políticos se lo están cargando”, aseguran. Ella, ingeniera del procesado industrial de la madera, también ha vivido desde que se conocen, hace 17 años, en la mayoría de esas ciudades. Ambos siguen viajando mucho. Eso les permite, dicen, tener “la mente oxigenada”. Sí, viven en un pueblo, pero aman la ciudad, ahora mucho más que antes porque no viven en ella. Mientras que Julia trabaja para una multinacional finlandesa, lo cual le hace moverse mucho, especialmente en dirección a Helsinki, Manuel se dedica a la eficiencia energética, el bioclimatismo y la madera.
La pareja lleva desde 2007 en la comarca, viviendo en Maderuelo y trabajando en Campo de San Pedro, a ocho kilómetros, donde tienen la oficina: dos locales alquilados en los bajos del ayuntamiento gracias a la mediación de Codinse. Esta es “la coordinadora para el desarrollo integral del noreste de Segovia”, una asociación sin ánimo de lucro que, junto a otras como ella, pertenece aAbraza la Tierra, que actúa en seis comunidades autónomas (Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cantabria, Aragón, Madrid y Extremadura) para favorecer la emigración hacia las zonas rurales, asesorando a las personas que quieren dar el salto: “No damos casa ni trabajo”, subraya Eva González, coordinadora de Codinse. “Informamos y ayudamos gratuitamente a los que llegan al campo y a la población local que necesita asentarse. Luchamos contra la despoblación”. Sí gestionan, nos cuentan después, los trámites para que los emprendedores consigan subvenciones a fondo perdido, hasta una tercera parte de la inversión de quien lo solicite. Son los fondos LEADER (en francés,Liaisons entre activités de développement de l’economie rural o relaciones entre actividades de desarrollo de la economía rural), un programa de la Unión Europea que bajo ese nombre y similares lleva fomentando los negocios en el medio rural desde 1991.
A González le preocupa el efecto llamada y es dura con los medios de comunicación: “Aparte de nevadas, gastronomía y crímenes, no hacéis mucho caso a los pueblos”, dice a los cinco minutos de saludarnos, muy amable, pero directa. “Ahora se oye alguna noticia que dice: ‘Un pueblo da casa y trabajo a una familia’. Y adiós muy buenas: aquí empezamos a recibir miles de llamadas”. Aunque no cuantifican las que entran por teléfono, Eva asegura que desde 2010, a medida que la crisis económica se ha ido endureciendo, se han doblado las solicitudes de ayuda: 1.674 a través de la página web el año pasado solo en su comarca. “Cuando llaman desesperados, nos dicen: ‘Dame, dame, dame… que me echan de casa, que me quitan los niños…’. Pero cuando les explicas que no puedes darles nada, no vuelven a llamar”. Al pueblo, dice, hay que llegar con una “idea clara de ocupación”, siendo conscientes de que también hay facturas por pagar: “La gente que vivimos en los pueblos no tenemos por qué dar nada. La pregunta es al revés, ¿qué vienes tú a aportar? Cuando mi madre me envió a Madrid a estudiar con 13 años, nadie le pagó mi manutención ni la residencia ni los libros. Nada de nada”.
“Hay una teoría bastante extendida de que con la crisis el campo es un refugio. Pero los datos la contradicen”, señala Ángel Paniagua, geógrafo delConsejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y experto en el medio rural, sobre el que ha investigado durante más de una década y publicado más de cien artículos en revistas españolas y extranjeras especializadas. “Generar falsas expectativas a la gente que se plantea abandonar la ciudad no es bueno. Porque la decisión de irse al campo suele ir ligada a decisiones económicas de envergadura. Por eso es baja la cifra de gente que lo hace, ya que iniciar una actividad en el campo suele exigir una inversión grande”, explica.
“Uno de los rasgos demográficos más significativos de la modernidad industrial, en relación con el movimiento espacial de la población, es el enorme trasvase demográfico entre las áreas rurales y las ciudades. En España, este proceso comenzó de manera sostenida y desigual durante la primera mitad del siglo XX y continuó de forma masiva durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta. Sin embargo, desde los años ochenta comienza a vislumbrarse la neutralización del éxodo rural y el inicio de movimientos poblacionales más variados, que incluían la llegada de nuevos residentes a las zonas rurales”, explicaba en 1993 Luis A. Camarero, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, experto en el medio rural y coordinador de La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad social, un estudio publicado en 2009 por la Fundación La Caixa en el que repetía similar idea: hay gente que hoy mira hacia el campo como una oportunidad de vida.
Si acudimos al Instituto Nacional de Estadística (INE), vemos que efectivamente hay más personas que dejan las ciudades más grandes para ir al pueblo que viceversa. “La vuelta al campo es un fenómeno extendido en las sociedades avanzadas”, señala Paniagua. De hecho, desde que el INE recoge esa información, de 1998 a 2011, todos y cada uno de los años ha habido más personas que dejaron las ciudades de más de 100.000 habitantes para establecerse en poblaciones de menos de 10.000 que lo contrario. Es cierto que hay que tomar las cifras con prudencia, pues algunas de estas migraciones son personas que dejan la ciudad para establecerse en un pequeño pueblo del extrarradio y no en el medio rural más alejado de las urbes, pero aun así son números que invitan a la reflexión.
Entre 1998 y 2011, 391.603 personas abandonaron la ciudad por el pueblo, frente a 225.953 que tomaron justo el camino inverso. Es decir, en ese periodo de 14 años, el balance a favor de los pueblos es de 165.650 individuos. Pero si buceamos más profundo, analizando los datos año a año, vemos que los mayores flujos de personas en dirección al campo coincidieron con las épocas de bonanza económica. En 2007, el año anterior a la quiebra de Lehman Brothers que desencadenó la crisis financiera y económica mundial, en España dejaron la ciudad por el campo 34.078 personas, mientras que del campo a la ciudad se fueron 17.337 (es decir, hubo un balance positivo hacia los pueblos de 16.741), cifras similares a las que se dieron desde el año 2002. Sin embargo, a partir de 2008, y de manera paulatina, han ido bajando esos números. Hasta el punto de que en 2011 se ha llegado casi al equilibrio, al dato más ajustado desde que existen las estadísticas: solo 2.195 personas más se fueron al campo que a la ciudad (23.398 frente a 21.203).
“Lo primero: las cifras de movimiento son escasas, por lo que tampoco podemos hablar de un éxodo a los pueblos. Dicho eso, la explicación al descenso del flujo desde 2008 está en la crisis. Desde entonces y hasta ahora, las expectativas económicas han bajado mucho”, señala Paniagua. Para marchar al pueblo, como indican en Abraza la Tierra, hay que vivir de algo. Y para hacerlo, generalmente se requiere poner dinero encima de la mesa: “En este momento, las inversiones son difíciles de afrontar”, recuerda Paniagua.
Julián Benito atraviesa dificultades económicas tras su regreso, hace cuatro años, al pueblo en el que nació, Perorrubio (Segovia). Volvió al lugar del que había marchado toda su familia en 1979, cuando él, el pequeño de nueve hermanos, tenía siete años. “Nos fuimos a Madrid porque mi padre, que era ganadero, contrajo las fiebres de Malta, una enfermedad que venía de la leche y que le obligó a dejar el trabajo con los animales”. Así acabaron en el barrio de La Elipa, donde Julián pasó la mayor parte de su vida (hoy tiene 40 años) y donde se convirtió en soldador. “Me encantaba mi oficio, pero estaba cansado y la vista la tenía cada vez peor. En 2008 me lié la manta a la cabeza y presenté un proyecto de granja de gallinas camperas”, explica. La idea costaba unos 350.000 euros, de los cuales un 33% los pagó gracias al fondoLEADER. Sin embargo, el precio final de la inversión se acabó disparando. Tanto que tuvo que empezar a pedir créditos para tapar los anteriores que ya no podía pagar. Así entró en una espiral que le ha llevado a deber hoy unos 700.000 euros. A pesar de que ahora la producción de huevos le va bien –“me quedan unos 900 euros de sueldo al mes”, dice–, el peso de la deuda le ahoga: está abocado a vender, a una renegociación de las condiciones con los bancos o a la entrada de un socio en su explotación.
“Cuando tienes un negocio que funciona, una vida asentada, familia e hijos, y has alcanzado el bienestar, es muy complicado romper”, reflexiona Luis Montalvo, de 50 años, otro que abandonó la comodidad de Madrid y regresó a sus orígenes. Con casi 40 años “y todo solucionado”, decidió volver a empezar. “Rehipotequé todo lo que tenía al máximo que me permitían los bancos, implicando también a mi hermano, a mi sobrino y a la que hoy es mi pareja”, recuerda. Y accediendo a los LEADER. Dos fueron las motivaciones que le hicieron dar un giro de 180 grados a su vida. Por un lado, un estrés brutal que no le dejaba respirar –su empresa de transporte le había ido minando poco a poco la salud, y un médico le dijo que tenía que levantar el pie del acelerador–, y por otro, la muerte de uno de sus hijos, por culpa del cáncer, a los nueve años. Se llamaba Luis Miguel, nombre que usó después para su negocio en el campo, un centro de ocio con pista dekarting y restaurante (además tiene paintball, quads…) en Fresno de la Fuente (Segovia), que le va bien. Allí, Luis recuperó el control de su vida y la tranquilidad y conoció a una nueva persona, Leticia, su actual pareja, con la que tuvo una hija hace dos años.
Dibujar un perfil de la gente que cambia su vida en la ciudad por una nueva en el campo es “difícil”, por diverso, señala Paniagua: “Hay personas que se van por lo que yo llamo el ‘idilio rural’, es decir, movidas por el romanticismo, ensalzando las bondades de la naturaleza, con ganas de autoorganizarse, y buscando ambientes más tranquilos y grupos más pequeños. También hay gente con estudios superiores y profesiones liberales que ven en el campo una oportunidad para establecerse y generar una biografía y expectativa laborales. Además, otros se marchan al pueblo porque se jubilan, o empiezan a vivir entre la ciudad y el campo”.
Casos como esos, y otros más, se encuentran en este reportaje, realizado en cuatro provincias de España: Segovia, Soria, Cáceres y Madrid. Allí hemos encontrado a urbanitas que siempre habían vivido en la ciudad y a personas que han regresado al pueblo del que salieron hace décadas, a emprendedores que les va bien y mal, a trabajadores con inestabilidad laboral que buscaban seguridad, a gente que necesita la ciudad de vez en cuando y a otra que no. Gente que, sin embargo, coincide en los puntos a favor y en contra de su vida.
“Esa no es la pregunta. Plantear cuáles son las ventajas e inconvenientes de los pueblos es errónea. Yo no hablaría de pros y contras, no compararía a la ciudad con el pueblo. Nosotros reivindicamos el derecho a vivir donde queramos porque pagamos impuestos como todos los ciudadanos. Solo queremos y necesitamos los mismos servicios que los demás”, pide María del Mar Martín, presidenta de Abraza la Tierra. Pero lo cierto es que sí hay cosas positivas y otras no tanto de la vida en los medios rurales, algo que más adelante en la conversación acabará reconociendo.
Uno de ellos es el problema médico, que ha sufrido recortes recientemente. Un asunto a flor de piel en Segovia. “Los políticos lo llaman reestructuración”, ironiza Raúl Gradillas, un educador social madrileño que abandonó Parla (Madrid) en 2006 junto a su pareja, Mar Martínez, también educadora social, por Corral de Ayllón (82 habitantes). “El médico ya solo viene dos días por semana, y han suprimido las urgencias de Ayllón, a 10 kilómetros. Ahora tenemos que ir a Riaza, a 20. El único médico de urgencia que hay tiene que atender a 51 pueblos, 800 kilómetros cuadrados. Así que puedes ir y que no esté. En caso de emergencia, de aquí al hospital de Segovia se tarda más de una hora”, señala ella.
Ese es precisamente otro punto a tener en cuenta de vivir en un pueblo, la dependencia absoluta del automóvil. Dennis López llegó con sus padres a Alcubilla de Avellaneda (163 vecinos, en Soria) cuando tenía 13 años (ahora tiene 20). “No tengo carnet de conducir y tampoco hay muchas facilidades [de transporte público] para moverse. A la hora de buscar un trabajo o del ocio, sin coche no haces nada, no te puedes mover”, cuenta. Sus padres tienen una casa rural en el pueblo, al que llegaron en 2005 desde Sax, una localidad alicantina de 10.000 habitantes entre Villena y Elda. Aunque también venían de un lugar pequeño, su salto geográfico fue radical, a otro muchísimo más chiquitito, con temperaturas bajo cero en invierno y donde no conocían absolutamente a nadie.
Llegaron con la oposición de uno de sus hijos, que tenía entonces 26 años (y una novia) y no les acompañó. Creyó que volverían con las orejas gachas. Pero no lo hicieron. En Sax habían dejado atrás una fábrica de calzado de la que Tomás, el padre, era uno de los cuatro socios, cuando “la competencia desleal de los chinos” les hizo cerrar. El dinero obtenido lo multiplicaron con la compraventa de pisos en la costa alicantina, en la época de bonanza inmobiliaria. Hasta que decidieron empezar de cero con el beneficio acumulado. Alcubilla de Avellaneda, que tenía un palacio del siglo XVI por restaurar, les pareció el mejor lugar. Junto a otro socio, presentaron un proyecto de recuperación del edificio por valor de 1,1 millones de euros, con la idea de sacar apartamentos a la venta. Ganaron el concurso y comenzaron los trabajos. Sin embargo, las previsiones erraron y Tomás tuvo problemas con su compañero: “La obra ahora está parada, y la inversión, perdida”, resume. Cuando se dio cuenta de que era “un saco roto”, decidió montar la casa rural, una vivienda castellana muy acogedora en mitad del pueblo. “El negocio se mantiene. Mejor en verano, cuando hay más clientes”, apunta su hijo.
La época estival es la de mayor alegría económica. Y la estación en la que Dennis deja de ser la única persona joven: la soledad existe en algunos pueblos y para algunas personas. “De Alicante echo de menos a los amigos, a la gente de mi edad. Aquí solo vive gente mayor. Me llevo bien con ellos, pero no es el tipo de compañía que quieres tener con 20 años”, explica por la mañana en la barra del bar del pueblo, también gestionado por la familia.
La otra cara de la soledad es la tranquilidad. El vaso medio vacío o medio lleno. Esther González, de 51 años, volvió a Bohonal de Ibor (Cáceres) hace dos. Divorciada, vive sola fuera del casco urbano –“soy muy independiente”–, aunque tiene parte de su familia en el pueblo. Durante más de tres décadas residió en Alcorcón. “Nunca me adapté”, asegura. Allí tuvo a su hija, que hace poco la hizo abuela, y de vez en cuando se acercan a Extremadura de visita. Sin embargo, Esther solo ha pisado Madrid una vez en dos años, y por un asunto burocrático. “He cambiado la M-30 por este paisaje, es un lujo”, dice en la carretera que lleva a Mesas de Ibor, un tapiz verde y azul, limpio y sano. Los dos municipios los separa el río Ibor, a orillas del cual Esther ha abierto un bar restaurante que tuvo a rebosar en verano. Ella siempre quiso volver a su tierra, aunque nunca creyó que lo haría tan pronto. Pero un ERE en la constructora en la que trabajaba como secretaria de dirección la dejó en la calle en 2008. Con la indemnización en el bolsillo y dejando su piso alquilado, se marchó al pueblo. “No volvería a Madrid. Allí tengo amigas que me dicen: ‘¡Qué envidia!’, pero sé que no todas se adaptarían. Para venir al pueblo hay que tener la mente muy asentada. Porque puede ser duro. La gente habla y hay que saber aceptarlo unas veces y parar los pies otras, cuando alguien se pasa de la raya”.
Otra vez aparecen los límites. “Quien te ayuda, también te vigila”, escucharemos durante el viaje. En el pueblo puede haber más solidaridad entre vecinos porque todos se conocen, pero también más tendencia al cotilleo y al qué dirán. “El medio rural facilita compartir más con la gente. A mí, el hecho de que me conozca todo el mundo no me agobia. De hecho me gusta tomar un café y saber quiénes están sentados en la mesa de al lado”, asegura Marta Flández, que lleva nueve años viviendo en Santa María de la Alameda (1.152 habitantes, en Madrid) junto a su pareja, Marcus Stratton, un inglés que conoció en Dublín. Para ellos, “el contacto con la naturaleza” y un modo de vida sostenible son la clave de su felicidad: “Formamos parte de un grupo de consumo. Varios vecinos nos organizamos para comprar verduras ecológicas directamente al productor. Sale más barato y está más rico”.
Quizá sea eso, la felicidad, lo más importante. En el fondo, todos queremos encontrarla, también quienes deciden marcharse a un pueblo. Manuel, el arquitecto de Maderuelo, aporta su propia explicación vital: “El otro día fui a Bruselas. Salí de casa a las 5.30 de la mañana y volví a las once de la noche. Lo que más me gusta de los viajes, de salir por ahí, de trabajar… es regresar a casa. Me siento a gusto cuando voy por la A-1 y cojo la salida en Boceguillas. Para mí, ahí empieza la puerta de mi casa. Desde allí conduzco los últimos 19 kilómetros. Es de noche y voy por esas carreterillas, que ya son mías, totalmente ancho, por mitad de la calzada”. Satisfecho.
fuentes http://elpais.com/
Clases para salir de España
Él tampoco se lo habría creído hace 25 años, en mitad de su licenciatura de Derecho y con la cabeza puesta en ejercer la abogacía. A sus 42 años, Raúl Ramírez gestiona el mercado de 25 países como director general de Operaciones de Springfield, Grupo Cortefiel. Lo cuenta tal cual al teléfono: “Si me hubieran dicho entonces cuál era mi futuro, me habría reído”. Ha pasado gran parte de su vida viajando, como cree que le tocará hacer muchos de los alumnos que encaran ahora sus últimos años de carrera en España, y también los que acaban de salir de la facultad. “Para un estudiante español, el mercado tiene que ser mundial, porque ya no es fácil que encuentre un trabajo debajo de su casa”, explica.
Ramírez participará el próximo marzo en el curso Claves y oportunidades para el empleo en el extranjero, un taller pionero organizado por la Universidad de Alcalá (UAH) que pretende transmitir a los participantes justo eso: qué conocimientos deben dominar para ser capaces de buscarse las habichuelas fuera de España, donde el paro de los titulados universitarios dobla la media registrada en la Unión Europea.
"¿Terminaré el curso con puesto de trabajo?"
La cuestión se repite entre la mayoría de los que llaman para interesarse por el curso de la UAH. “¿Terminaré con un puesto de trabajo?”, preguntan. Julia de Miguel, una de las coordinadoras de la iniciativa, les responde que no hay nada seguro, pero que tampoco es imposible. “Las empresas nos dicen que les cuesta trabajo encontrar gente competente, ellas también están interesadas en mejorar su búsqueda”, añade. El curso ofrece entrar en las bolsas de trabajo de algunas de las firmas participantes. “Tenemos cuatro procesos de selección abiertos; si los currículos corresponden a lo que necesitamos, claro que entrarán en ellos”, explica Raúl Ramírez, director general de Operaciones de Springfield y ponente del taller, que da un consejo a los jóvenes que se plantean trabajar fuera: “Les recomendaría que visitaran el país que le interesa durante sus vacaciones, que se busquen algún empleo de verano allí y que empiecen a hacer contactos para su futuro profesional desde la facultad”.
Más de 27.000 españoles hicieron la maleta entre enero y marzo del año pasado, según cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE). Es el doble de la cantidad recogida en el mismo periodo de 2011. Se marcharon sobre todo profesionales de 28 a 45 años. “Hay gente que se aprovecha de los que se van y otros que salen fuera sin una preparación previa”, señala Enrique Martínez, uno de los coordinadores del curso. “Queremos que los participantes de este taller conozcan los procesos de selección de otros países y estén bien orientados para enfrentarse a ellos”, añade. El curso se centrará en tres países con amplia oferta de todo tipo de empleos: Alemania, Brasil y China. Participarán 20 ponentes de universidades públicas y de empresas privadas con experiencia externa. “Si se apunta un médico, por ejemplo, queremos que salga del curso sabiendo qué países podrían demandar su formación y en qué tipo de puestos tendría oportunidades: desde doctor a gerente de un hospital”, explica Martínez.
Durante las dos primeras semanas, cada participante elaborará un borrador de su plan de trabajo. En la última, se ajustarán los currículos a las demandas de los distintos países y se darán pautas con la ayuda que brindará una agencia de empleo en el extranjero.
Los ajustes presupuestarios que ha asumido la UAH, como el resto de campus públicos, han provocado que el curso esté casi autofinanciado. La mayoría de los ponentes ofrecerán las charlas gratis. Los alumnos pagarán 750 euros por tres semanas, el precio oficial para 15 créditos tras la subida de tasas aprobada en julio. “Es un esfuerzo grande para los estudiantes y no comparto que la educación superior haya subido las tasas, pero no podemos elegir”, explica José María Espinar, catedrático de Derecho Internacional Privado de la UAH y codirector del curso. El perfil que buscan para esta primera experiencia, que dispone de 30 plazas, es bastante amplio. Está abierto a estudiantes de último curso de universidad, a alumnos de Formación Profesional y a profesionales que ya estén en el mercado. El decano augura más cursos en el futuro: “Este es el primero y es más genérico, pero más adelante queremos organizar otros más específicos, por sectores o por áreas geográficas más definidas”.
fuentes http://ccaa.elpais.com
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